... ¿Cómo hago? ¿Te invito un trago... O vamos directo al grano?
El pícaro destino nos coincidió los pies, caminando a ritmos diferentes. Si me das el chance, no te perdono una mirada. ¿Qué no daría por estrellarme en esas piernas? Y a veces me pregunto cuántos días valdrán tus noches... Con tu bajo que me acaricia la quijada y tus notas que me deleitan la visita, el vibrato de tu espalda y tus ojos tan soprano. Mataría por pertenecer a tu pecho, por jugar con tus cabellos y abrazarme a tus pestañas. Las palabras juegan sucio y tropiezan al salir, a pesar de que hablo de ti y no contigo. No nos conocemos más que el nombre, pero nos identificamos en cada gesto con una complicidad accidental pero oportuna, que conspira con el deseo abusador de compartir la pijama para tentarme a hablarte del clima, de lo bonita que te ves y del trago que te quisiera invitar. Pero lo valioso sale caro, y contrariando al deseo se encuentra tu rechazo, y contrariando al rechazo se encuentra tu sonrisa tentadora que me susurra con picardía y me incita a mirarte más y a rozar tu cabello. Descarado sería si culpase al alcohol. No me piques el ojo, que me vas a embriagar, y estoy a una de tus pestañas de perder todo mi control. Juegas con mis sentidos a placer y comenzaré a optar por lo mismo, cantando que no te quiero, con el deseo entre los dientes. Y al ritmo de tu vientre se adaptan los latidos, inhalando tus caderas y exhalando tu perfume. Me perdería una eternidad en el bosque de tus cabellos y en lo profundo de tu ombligo, que se negó a salir a escena, colaborando así con el juego en el que, al final de la noche, no sé si gané o perdí, o si se quedó en empate el guayabo del desayuno. Lo cierto es que faltaste tú, lo cierto es que falté yo. Faltó el concilio y la tregua. Hasta que los ritmos coincidan nuevamente... Y cuando quieras, te invito un café.