viernes, julio 25, 2014

Y cuando quieras, te invito un café

... ¿Cómo hago? ¿Te invito un trago... O vamos directo al grano?


     El pícaro destino nos coincidió los pies, caminando a ritmos diferentes. Si me das el chance, no te perdono una mirada. ¿Qué no daría por estrellarme en esas piernas? Y a veces me pregunto cuántos días valdrán tus noches... Con tu bajo que me acaricia la quijada y tus notas que me deleitan la visita, el vibrato de tu espalda y tus ojos tan soprano. Mataría por pertenecer a tu pecho, por jugar con tus cabellos y abrazarme a tus pestañas. Las palabras juegan sucio y tropiezan al salir, a pesar de que hablo de ti y no contigo. No nos conocemos más que el nombre, pero nos identificamos en cada gesto con una complicidad accidental pero oportuna, que conspira con el deseo abusador de compartir la pijama para tentarme a hablarte del clima, de lo bonita que te ves y del trago que te quisiera invitar. Pero lo valioso sale caro, y contrariando al deseo se encuentra tu rechazo, y contrariando al rechazo se encuentra tu sonrisa tentadora que me susurra con picardía y me incita a mirarte más y a rozar tu cabello. Descarado sería si culpase al alcohol. No me piques el ojo, que me vas a embriagar, y estoy a una de tus pestañas de perder todo mi control. Juegas con mis sentidos a placer y comenzaré a optar por lo mismo, cantando que no te quiero, con el deseo entre los dientes. Y al ritmo de tu vientre se adaptan los latidos, inhalando tus caderas y exhalando tu perfume. Me perdería una eternidad en el bosque de tus cabellos y en lo profundo de tu ombligo, que se negó a salir a escena, colaborando así con el juego en el que, al final de la noche, no sé si gané o perdí, o si se quedó en empate el guayabo del desayuno. Lo cierto es que faltaste tú, lo cierto es que falté yo. Faltó el concilio y la tregua. Hasta que los ritmos coincidan nuevamente... Y cuando quieras, te invito un café.

martes, julio 15, 2014

La dulce agua salada

Muchacha ojos de papel, ¿Adónde vas? Quédate hasta el alba...



     Nunca importaron las penas ni las desdichas, su tragedia más grande opacaba a las demás como en un eclipse solar. Inútiles los intentos e inútil la tristeza, pues su peor tragedia es la que llevaba transitando en su anatomía, y a pesar de ser obra de la Madre Naturaleza, ni ella tenía potestad para corregir los errores escritos en su piel con la tinta indeleble de la indiferencia. Sus ojos de cristal, azules como el frío del invierno, no se desteñían ni con el más arduo e imponente de los intentos. Su río de hipnosis no tenía desembocadura, a pesar de que lloviera granizo y la corriente aumentara, era -casi- imposible rescatar el salado sabor del agua dulce de sus pesares.
     Sin más que la resignación, las personas se herían con la felicidad, como si cada risa fuese un rodillazo en el estómago y un escupitajo en el rostro. Las nubes se pintaban del frío de sus ojos y los soles salían a ofrecer café. De su tragedia sólo se alegraba el Sol que encontraba en ella la excusa para cortejar a la flora, pues quien se enredara en sus cabellos tarde o temprano bebería del amargo sabor de su indiferencia, nadie entendía que sus ojos no se desteñían y que no era más que un asunto irrefutable y que ni la Madre Naturaleza podría corregir.
     Hundida en el desespero de la indiferencia, ahogada con las lágrimas que nunca fue capaz de soltar y estructurada en la incomprensión de quienquiera que quisiese soltar una escalera, entendió que su indiferencia era lo único que, de alguna manera, rompía, mediante pequeñas aberturas, la atmósfera de la apatía. Entendió que su condición no era una pared sino un puente, que su tragedia no era una tragedia sino una dicha; que su risa no eran rodillazos sino caricias que las personas no comprendían, y que de su indiferencia nació el sabor agridulce. Entendió, de una vez por todas, que la felicidad no hiere, hiere la envidia y el egoísmo de que tu felicidad no sea la felicidad de otro. Su felicidad era netamente suya y concluyó que el error de la Madre Naturaleza fue el considerar su condición como un error. Y así, indiferente a los mirones, entendió que no era capaz de llorar por tragedias, que sus ojos no se desteñirían por razones tan vagas como las desdichas. Y de ese modo, por primera vez en su vida, lloró de felicidad.