martes, julio 15, 2014

La dulce agua salada

Muchacha ojos de papel, ¿Adónde vas? Quédate hasta el alba...



     Nunca importaron las penas ni las desdichas, su tragedia más grande opacaba a las demás como en un eclipse solar. Inútiles los intentos e inútil la tristeza, pues su peor tragedia es la que llevaba transitando en su anatomía, y a pesar de ser obra de la Madre Naturaleza, ni ella tenía potestad para corregir los errores escritos en su piel con la tinta indeleble de la indiferencia. Sus ojos de cristal, azules como el frío del invierno, no se desteñían ni con el más arduo e imponente de los intentos. Su río de hipnosis no tenía desembocadura, a pesar de que lloviera granizo y la corriente aumentara, era -casi- imposible rescatar el salado sabor del agua dulce de sus pesares.
     Sin más que la resignación, las personas se herían con la felicidad, como si cada risa fuese un rodillazo en el estómago y un escupitajo en el rostro. Las nubes se pintaban del frío de sus ojos y los soles salían a ofrecer café. De su tragedia sólo se alegraba el Sol que encontraba en ella la excusa para cortejar a la flora, pues quien se enredara en sus cabellos tarde o temprano bebería del amargo sabor de su indiferencia, nadie entendía que sus ojos no se desteñían y que no era más que un asunto irrefutable y que ni la Madre Naturaleza podría corregir.
     Hundida en el desespero de la indiferencia, ahogada con las lágrimas que nunca fue capaz de soltar y estructurada en la incomprensión de quienquiera que quisiese soltar una escalera, entendió que su indiferencia era lo único que, de alguna manera, rompía, mediante pequeñas aberturas, la atmósfera de la apatía. Entendió que su condición no era una pared sino un puente, que su tragedia no era una tragedia sino una dicha; que su risa no eran rodillazos sino caricias que las personas no comprendían, y que de su indiferencia nació el sabor agridulce. Entendió, de una vez por todas, que la felicidad no hiere, hiere la envidia y el egoísmo de que tu felicidad no sea la felicidad de otro. Su felicidad era netamente suya y concluyó que el error de la Madre Naturaleza fue el considerar su condición como un error. Y así, indiferente a los mirones, entendió que no era capaz de llorar por tragedias, que sus ojos no se desteñirían por razones tan vagas como las desdichas. Y de ese modo, por primera vez en su vida, lloró de felicidad.

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