viernes, agosto 29, 2014

La voz de la medianoche

     No me dejes escapar, no me dejes escapar. Reina de mi camino... No me dejes escapar, no me dejes escapar, que no lo quiero. Eso no es para mí.




     Inmutables son tus cantos armoniosos que adormecen al Sol y que le acarician las orejas a los canes cuando te desvistes por completo, obligándome a tararear la melodía de tu espalda. Tan tenue tu abrazo y tan suaves tus risas, antónimos al calor del mediodía, me recitan al oido los arrullos de la noche azul marina, y qué afortunado el que te vea en el cielo celeste entre las nubes matutinas.
     Caminar a tu sombra, que me alumbra los pasos, me despeja los quehaceres y me enfría los sistemas. Me pone poeta y me escribe encima de los efímeros encuentros eléctricos que se hospedan en el cuarto vecino a tu piel, sinónimo de locura. Tu piel pálida me hunde en la arena movediza de tus caderas, en la montaña rusa de los amores de una noche. Tú que enamoras y desquicias a tantos, tú que despiertas a los lobos y aumentas la marea; tus ojos lunares, los lunares de tu boca, el firmamento en tu espalda, las constelaciones en tus hombros; tu espalda baja en expansión, la explosión de tu cintura, que reacciona con mis manos en lógico cumplimiento con la fórmula del infinito. Un paseo por el parque, buenas noches, un trío con el jazz. Te desvaneces cuando te busco, escondiéndote en algodón o en el espacio cotidiano, y reapareces cuando te canto en el crepúsculo, en el exilio solar y el monólogo de reflejos color ángel. Y me abrazas en la madrugada, calentándome con el frío viento que soplan tus pulmones desde el horizonte marítimo. Y te marchas antes de que llegue el alba, sales sin cabida a réplica. Y nos vemos mañana, cuando el crepúsculo toque el timbre de mi casa y ya estés a salvo del ardor del Sol.

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